La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

Los niños mendigos...

Por Beatriz Sarlo

Los niños mendigos forman parte de un paisaje que ya no produce asombro. ¿Cuándo y cómo se acostumbró nuestra mirada?

En el último subterráneo, los tres chicos están terminando un día más cuya rutina incluye pegamento, limosnas y corridas a lo largo de los vagones. Como son las diez de la noche, la bolsita de pegamento los entretiene más que las limosnas, sobre las que ya no tienen muchas expectativas.

Se derrumban sobre un asiento, gritan y se insultan amigablemente, tironean la bolsita, se ríen como locos y, a los pocos segundos, quedan clavados, fríos, bamboleándose entre la excitación y el sopor. La mayor es una chica de doce o trece años, en harapos, que patotea a un rubio de siete, con ropa deportiva, y a una nena, también rubia, que parece su hermana y lleva una mariposa de plástico en el pelo.

El trío ya no produce el asombro de hace algunos años, cuando la crisis depositó a estos chicos en las calles probablemente para siempre. Los pasajeros están más molestos que consternados, quieren mirar para otra parte y lo logran.

La escena no tiene nada nuevo y, por lo tanto, excepto los gritos de los chicos, casi se la puede pasar por alto. Nos acostumbramos a vagones de subterráneo atravesados por mendigos de edades diferentes. Y escribo la palabra mendigo, para no resignarme a una expresión con algo de técnico y mucho de eufemismo, del tipo "chicos de la calle", que designa una edad y un lugar, no una actividad.

Mendigo, en cambio, todavía conserva cierta fuerza ofensiva, que el reparto de las estampitas no disimula. Chicos pordioseros en vez de la blanda objetividad de chicos de la calle.

¿Cómo fue que se nos acostumbró la mirada?

Hace quince años, tomé el tren del Oeste y en el transcurso de seis estaciones pasaron diversos tipos de vendedores y mendigos. Un nene que vendía obleas saltaba entre los asientos como un gato electrizado y gritaba: "El regalito para los niños, dulce el regalito".

Entonces, hace quince años, no todos estaban acostumbrados a esos niños mendigos, que hoy ya no son niños, por supuesto, sino desocupados. La voz del chico que vendía obleas era de un agudo afinado y tenso, como si estuviera cantando; todavía entonces se podía distinguir una voz y una forma de decir que quedaban grabadas en el recuerdo.

Hoy, los chicos mendigos forman una serie, con eslabones: pibes chorros, internados en reformatorios, prontuariados, prófugos, presos, muertos. En el comienzo de la serie hay un chico que a los tres o cuatro años sale a pedir por la ciudad. La frase es, en sí misma, un escándalo. La escribo y me digo que estoy escribiendo algo que no puede ser, como si se tratara de una fantasía monstruosa que, sin embargo, tiende a ser olvidada porque entró a formar parte de un paisaje.

Un poeta, Jaki Setton, escribió en un libro que se llama Niñas:

Sola en sus pensamientos de semáforo verde quizás está descalza, pollera pequeña para cuerpo pequeño y de baja altura a la altura de la ventana, una monedita, por favor será el latiguillo mecánico que a cada semáforo rojo repetirá cuatro o cinco veces treinta por hora trescientos y pico al término de la jornada...

Jaki Setton contó las veces en que la niña repite su pedido, porque ha captado precisamente que, para los chicos mendigos, el mundo es una repetición rítmica que no se detiene, una repetición indispensable y vacía de todo interés para quien está obligado a realizarla.

La mendicidad practica una especie de producción serial del reclamo, que cada mendigo, no importa lo que vaya obteniendo, debe repetir como si se tratara de un obrero en la línea de producción de una fábrica: un mismo movimiento, que sigue un ritmo marcado no por la voluntad sino por la máquina a la que se atiende.

Nosotros nos acostumbramos a ellos, y ellos se acostumbraron a servir la máquina. Son lo que queda de la crisis, los desechos de la economía...

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