La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

Maradona versus Cóppola. Drogas, Mafia y otras acusaciones.

Por Christian Sanz.

Parte I

Los "mensajes" de los últimos días de Diego Maradona hacia Guillermo Cóppola no son casuales. El "diez" está siendo constantemente amenazado desde hace varias semanas y en los últimos días la anónima voz que lo llama invoca la figura de sus hijas, algo que altera sus nervios por demás, ya que son -según sus propias declaraciones- lo más importante de su vida.

Sabe Maradona que la embestida viene por parte de su ex amigo Cóppola y no pierde oportunidad para devolverle el "favor". Sabe que Guillote tiene mucho que esconder acerca de su pasado y que intenta volver a simular que es un "serio empresario" y un hombre de bien. 

A su vez, Maradona puede avanzar sólo hasta cierto punto en sus acusaciones sin quedar salpicado como cómplice de los negocios de Cóppola y eso lo obliga a ser muy medido en las públicas diatribas que hace contra su antiguo manager.

¿Qué es lo no cuenta Maradona?

Veamos: En el año 1.991, en el marco de una causa relacionada a una red de prostitución, Maradona y Cóppola fueron acusados por distribución de drogas. El 5 de marzo de ese año, en el Palacio de Justicia de Nápoles se presentó, sin citación, un tal Pietro Pugliese y pidió ver al fiscal de la causa.

Pugliese se presentaba como un simple empleado de seguridad de Nápoles, aunque luego se sabría que trabajaba como asesino a sueldo de la mafia local y que personificaba los estrechos lazos existentes entre la Camorra y el fútbol.

Según su propio testimonio había dejado sus actividades en 1.989, mismo año en el que conoció Maradona quien le ofrecía un empleo como chico de recados y chofer de media jornada. Un amigo cercano al notable jugador contó: “Pugliese formaba parte de la mala gente relacionada con los aficionados del Nápoles que cada vez se acercaban más a Maradona”.

En suelo argentino, Pietro conoció a una mujer que más tarde se convertiría en su novia, Alejandra Bertero, quien a su vez le presentaría a Guillermo Cóppola. Bertero accedería posteriormente a servir de mensajera entre Buenos Aires e Italia como representante de DIARMA, la compañía de Maradona.

Según su propia declaración, en 1990 Guillote le pidió que gestionara personalmente el envío de un paquete de diarios y revistas desde Buenos Aires. Fue entonces que un empleado suyo ubicó a Alejandra Bertero en Ezeiza y le indicó que llevara el bulto en la mano. Coincidió que ese día viajaba la Selección argentina y Carlos Bilardo tenía la indicación de alinear a Bertero junto a la delegación a efectos de ‘ahorrar’ detalles aduaneros.

La chica pasó como un jugador más por la puerta lateral de la aduana de Fiumicino, sin que nadie la revisara y luego le dio el paquete a su novio, quien a su vez se lo entregó a Cóppola en Nápoles a cambio de un cheque por 25 millones de liras que Pugliese cobró el 11 de julio de 1990 en la Banca della Provincia di Napoli.

En octubre de 1990, finalizado el mundial, Pietro llamó a la casa de Maradona y registró la conversación: “estoy preocupado porque la policía me está cercando ¿Puede ser que me busque por aquel paquete que me hiciste traer de Buenos Aires?”.

Pugliese había asegurado a la justicia que Cóppola y Maradona participaban del tráfico de drogas, mientras le pedían que él hiciese de contacto y denunció que a su novia –Alejandra Bertero- la habían hecho trasladar un paquete con dos kilos de cocaína haciéndole creer que se trataba de periódicos y revistas.

Pietro juró a los fiscales italianos que Maradona y Cóppola sabían del contenido del paquete porque ambos supervisaron la entrega final. Asimismo, confesó que el pago recibido por el trabajo se había realizado a través de DIARMA. Existían conversaciones que confirmaban la participación de Cóppola en la transacción bancaria y la invitación personal de Maradona a Pugliese para que se reuniera con él en su casa. Esas grabaciones fueron entregadas a la justicia por el abogado de Pugliese.

Tanto Maradona como Cóppola admitieron posteriormente que habían estado presentes cuando llegó el paquete, pero negaron que contuviese cocaína; eso sí, nunca pudieron desmentir su relación con Pugliese.

Lo cierto es que, si bien las declaraciones de Pugliese no habían comprometido demasiado a Maradona, sí ponían en serios aprietos la credibilidad de Guillermo Cóppola quien esos mismos días era acusado por el entonces centrocampista del Parma, Massimo Crippa, de haberlo visto ofrecer cocaína a Maradona en una fiesta llevada a cabo en un barco anclado en la Bahía de Nápoles en 1990.

Esta había sido entregada por un mensajero en un fuera-borda y personalmente a Cóppola. “La cocaína ha llegado” alegó Crippa que le había oído decir a este último. Guillote mentiría luego al declarar que Maradona nunca había tomado drogas.


El padrino


Eran realmente extraños los vínculos de Cóppola con el clan camorrista del barrio napolitano Forcella, cuyos capos eran Carmine y Nunziello Giuliano, gente de la mafia y las drogas.

“¿Si tuve contacto con la Camorra? Sí... puede ser”, confirmaría tiempo después Guillote, sumando sus propias palabras a la elocuente prueba ya aportada por el diario italiano Il Mattino, que había publicado la foto de Diego Maradona junto a dos líderes del clan: Carmine y Raffaele.

Para que no quedaran dudas Pietro Pugliese, en una de sus declaraciones ante la justicia, había confesado que, en un asalto al Banco de la Provincia de Italia -donde le robaron una importante cantidad de joyas a Maradona- “Guillermo Cóppola me dio una lista de las joyas robadas y yo me dirigí personalmente al clan de la Camorra, Di Giuliano y Villaricca... Gracias a esa gestión se logró recuperar 5 relojes de gran valor”.

Los vínculos de Maradona con la Camorra eran aún más evidentes que los de Cóppola. Durante la celebración de la victoria del Nápoles en el campeonato de 1.987, algunos periodistas recibieron una invitación para una fiesta privada organizada por Maradona, a quienes se les advirtió que no debían publicar, por su propia seguridad, detalles de aquella noche.

De todos aquellos periodistas invitados, solamente Bruno Passarella, corresponsal en Roma de El Gráfico, se animó a describir el ambiente aproximado en el que Maradona se estaba introduciendo: "Aquella noche, Maradona estaba en una casa en Nola, una de las villas desperdigadas por los alrededores de Nápoles.

Cuando preguntamos por el propietario de la casa no se nos quiso dar a conocer el nombre. La mansión se asemejaba a un búnker, con puertas que se abrían por control remoto, un circuito privado de televisiones por todo el lugar y un enorme mastín atado a una cadena cerca de la entrada principal.

Fue una noche extravagante y lujosa, con Moët et Chandon fluyendo como el agua y servido en copas de plata, una pantalla enorme de video que mostraba continuamente los goles de Maradona y muchos invitados con anillos enormes en los dedos. Era un ambiente evidente de dinero nuevo, blanqueado rápida y fácilmente. El tipo de dinero que en Nápoles había proporcionado fortunas fáciles a ciertas personas. Al amanecer volvimos a Nápoles, sin que ninguno de los periodistas supiera algo más sobre la identidad del anfitrión."

Si bien Passarella describió algunos detalles de la velada, se negó rotundamente a revelar algo más. A los pocos días, Cóppola se escapaba de Italia en medio de la causa judicial que lo tenía en vilo. Lo hizo tan apurado que, a pesar de los años de amistad que los unía, ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de Maradona ni de darle las razones. Públicamente dijo: “Diego ya no lleva una vida de deportista. Mi presencia ya no le sirve… algún día me comprenderá”.

Años más tarde, frente al Juez Carlos Liporaci, Cóppola admitiría, involuntariamente, la verdad sobre lo sucedido: “Nadie dijo por qué Diego y yo cortamos en 1990. Nadie lo sabe. Mucho de lo que ahora pasó en este lugar y el tema de la droga y demás es la razón por la cual yo me alejé de Diego”. 


La muerte le sienta bien

Dicen quienes lo conocen, que Guillermo Cóppola es como los gatos: siempre cae parado. Y algo de cierto debe haber, ya que nunca terminó embarrado por las denuncias que lo han señalado. Apenas si resultó levemente salpicado.

Una de las acusaciones más comprometidas que le ha tocado sobrellevar tiene que ver, ni más ni menos que con un asesinato. Veamos.

El 20 de abril de 1994 Leopoldo “Poli” Armentano, un exitoso empresario bailable fue baleado cuando iba camino a su casa en la esquina de Demaría y Sinclair. Horas antes había compartido una cena en el restaurante El Mirasol con el propio Cóppola y con el valet presidencial, Ramón Hernández. Dos días más tarde falleció en el Hospital Fernández.

En el expediente de esa causa, que posee más de 27 cuerpos, al menos cuatro testigos  han vinculado a Guillermo Cóppola con el crimen. 

Uno de ellos es Carlos Hugo Kolosko, preso en la Unidad Nº 1 del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, quien el 30 de diciembre de 1994 declaró ante el juez Francisco Trovato que un tal Hugo Manuel Jiménez le había confesado que “iban a matar a Armentano y a él... que los había mandado matar Guillermo Cóppola”. Poco tiempo después de su confesión, Giménez fue asesinado de siete balazos en la zona de El Palomar.

En el mismo sentido, declaró la mediática Natalia Denegri, el 29 de junio de 1994; “En febrero de 1994 conocí a Oscar Fabbre, propietario de la discoteca New York City (...) a mediados del mes de abril de este año me dijo que tenía la certeza de que lo iban a matar a Poli Armentano y temía que lo complicaran a él en el asunto (...) Oscar me dijo: ‘Mirá Natalia... yo ya hablé con Cóppola y sé que lo van a matar.”

Denegri contó que el mismo día que los diarios publicaban el atentado contra Poli Armentano, Fabbre la había llamado muy excitado: “¿Viste que yo no estoy tan loco como dicen? ¿Viste que lo mataron con un tiro justo y profesional? ... (Igualmente) la causa va a quedar en la nada, Cóppola y sus amigos conocen a gente muy poderosa y a muchísimos jueces”.

Para chequear y contrastar la información aportada por Natalia Denegri, el juez Trovato citó a su madre, Mirta Crevani, quien coincidió con su hija al asegurar que Fabbre había hecho comentarios acerca de muerte de Armentano: “(Fabbre) en una cena efectuó comentarios al respecto y recuerdo que dijo, entre otras cosas que no he retenido, que lo habían matado (a Poli) como consecuencia de un ajuste de cuentas debido a una deuda que no había pagado”.

Finalmente, el juez citó a declarar al propio Guillermo Cóppola el 16 de diciembre de 1994. Guillote nunca fue interrogado acerca de las declaraciones que lo incriminaban y a partir del día 19 del mismo mes la cuenta bancaria de Trovato registró un “casual” incremento de U$S 62.000. Monto que en un par de meses llegaría a incrementarse hasta alcanzar los U$S 500.000.

De más está decir que, a partir de allí, la situación procesal de Cóppola se alivió.


Concluyendo

“Sírvanse… es de la que toma el Papa”, decía el hombre mientras repartía sobrecitos que evidenciaban tener en su interior un polvo blanco.

Era casi patético ver a Coco Villafañe, padre de Claudia y suegro de Diego Maradona haciendo de distribuidor de “papelitos” en la fiesta de 15 años de Natalia Cóppola, hija de “Guillote”.

Eran ya las 3 de la mañana y los invitados habían bebido y comido en exceso.

Tal vez había un costado paradójicamente bueno en lo que “Coco” estaba haciendo: pretendía ayudar a quitar parte del cansancio que aquejaba a los invitados. De la peor manera. La escena era dantesca y realmente denostaba el peor reflejo de una conducta de vida a la que estaban ya habituados los principales organizadores del evento.

Entre aquella noche en el Alvear y el día de hoy, pasaron para Cóppola más de diez años y mil anécdotas más.

La pregunta del millón: ¿Cómo llegó un hombre como él a la condición que detenta hoy? ¿De qué manera pudo acceder a la intimidad del poder, a tratar y manejar a poderosos y famosos si cuando estaba cerca de los 40 años todavía era un oscuro gerente del Banco Federal?

El que tiene la verdadera respuesta es el propio Diego Maradona, quien en estos mismos momentos se encuentra negociando -en secreto e informalmente- con un ex juez la posibilidad de declarar todo lo que sabe.

Bueno... casi todo. 


Parte II

“En la noche de Buenos Aires la droga existe”, confesó crípticamente el Comisario Jorge Palacios cuando le preguntaron por la muerte de Poli Armentano y sus vínculos con Guillermo Cóppola. Eran días de incertidumbre para Guillote, en los que el entonces jefe de Operaciones Federales de la Superintendencia de Drogas Peligrosas confesaba que en su momento había realizado tareas de inteligencia sobre este último, tanto por el tema de la muerte del "Rey de la noche" como por el tema estupefacientes.

Palacios es cincuentón, alto, de pelo castaño y bigote recortado, y podría haber sido un comisario más, pero no: sabe demasiado. Hombre de buenas relaciones con la DEA, Palacios nunca creyó del todo que Cóppola fuera narcotraficante. Siempre sospechó que Guillote tomaba y convidaba, pero no más que eso.

Una vez, uno de sus hombres lo vigiló adentro de un canal, de incógnito. Cóppola entró al baño con un chico joven. El pibe le alcanzó un papel y Guillote aspiró la cocaína. Cóppola no era tonto, nunca llevaba la droga encima.

A pesar de la seguridad de Palacios, años más tarde el nombre del representante de Maradona iba a aparecer en la agenda de un narcotraficante.

El jueves 22 de febrero de 1996, en un operativo policial en la localidad de Castelli, uniformados habían detenido a un automovilista en posesión de “éxtasis”, varias jeringas y 200 gramos de cocaína. Se trataba de Carlos Fassari, a quien la policía seguía de cerca por su ilegal actividad y por su sociedad con Daniel Plá -alias Flipper-, un traficante de drogas de Pinamar que tenía por ese entonces pedido de captura internacional.

La sorpresa de los uniformados se hizo elocuente cuando revisaron su agenda. Entre el teléfono de varias modelos y algunos personajes conocidos se encontraban los datos de Cóppola y su representado, Diego Maradona.

Esos mismos días, Cóppola encendía su celular para hacer un sugestivo llamado al Barman de la disco Coyote: “Mandáme urgente Coca Cola, champán y traéme eso. Que sea bastante porque acá hay mucha gente y tenemos que compartir”, reclamó Guillote.

Pocos meses después, en el marco de la fallida “causa Cóppola”, esos vínculos de Guillote con las drogas quedarían detalladamente revelados. Entre los testimonios que lo han incriminado, se destacó uno en particular. El 7 de octubre, bajo estricta reserva de identidad, una joven mujer manifestó que “Guillermo Cóppola me ofreció pastillas de éxtasis de color amarillo y me las metía en la boca con su mano.

Ponía pastillas en un jugo de naranja y le convidaba a todo el mundo. Una vez, en su casa, una chica –Analía- que nunca había tomado, tomó y se puso muy mal. Guillermo enviaba cocaína a Italia en barco, tuvo problemas con la camorra napolitana porque estaba llevando drogas y allí no le permitieron ir más. Yo escuché una conversación telefónica entre un tal Angelo y Cóppola sobre el tema.

En una oportunidad, Cóppola me ofreció viajar a España con cocaína distribuida en mi cuerpo. Me garantizó que no me iba a pasar nada, que iría con todos los gastos pagos y quince mil dólares limpios. Me dijo que tenía que tomar dos aviones, uno a Barajas y de allí uno a Ibiza. Yo le dije que no.

Cóppola me dijo que era una tonta, que era una buena oportunidad para hacer plata, que él lo hacía permanentemente con muchas chicas, que tenía que estar tranquila y me recomendó hacer meditación, leer libros de autoayuda. Me dijo que podía ir con una amiga y llevar así cuatro kilos, que pasarían a buscar la droga por el hotel donde estábamos”.

Respecto al tema del consumo de drogas, la testigo aseguró que Guillote “primero calentaba el plato con cocaína en una hornalla o en el microondas. Cóppola llevaba tizas de cocaína al solarium de Paseo Alcorta para que se calentaran en una cama solar. Cóppola conocía a muchas chicas a los 16 o 17 años y las iniciaba en la droga. Normalmente las llevaba a El Cielo”.

Dicha declaración fue reforzada por varios testimonios que se ofrecieron en la misma causa y provocó gran preocupación en Guillote, quien -a la vez- trataba de desligarse de toda manera posible de la acusación puntual de prestar su domicilio para consumo de drogas. Lo que no sabía el canoso manager, es que había una escucha telefónica que lo dejaba en evidencia.

En ella, Hugo Maradona –hermano de Diego- hablaba desde Japón con Delia -su mujer- sobre la inminente declaración de Gabriel ‘El Morsa’ Espósito, cuñado de Diego Maradona:

Delia: -“(Bernasconi) quiere que el Gordo diga todo lo que sabe”

Hugo: -“¡Si no tiene que ver un carajo!”

Delia: -“Y viste el Gordo cómo es (...) Quiere hablar primero con tu hermano y a ver que... si declara tu hermano, declara él. Y si no, no. Se traga él... Se traga él la banana”

Hugo: -“¿Y se va a tragar dos o tres años de cárcel?”

Delia: -“Cuatro años mínimo”

Hugo: -“Pero, ¿éste es mogólico?

Delia: -“Lo que pasa... Viste cómo es el Gordo, Turco. Lo que pasa es que el Juez le dijo ‘te excarcelo mañana si vos me declarás... me decís lo que sabés contra Guillermo”

Hugo: -“Pero, ¿qué sabe?”

Delia: -“Que en la casa de Guillermo se organizan fiestas, que... Lo que sabe, que sé yo, lo que sabe...”

Diego Maradona le había garantizado a Espósito -su cuñado- que lo iba a sacar de la cárcel, que no declarase contra Cóppola. Él se ocuparía de negociar con el juzgado, pero algo tenía que entregar.

Algo que finalmente dio: “Soy adicto”, dijo Espósito en la indagatoria, agregando que “la cocaína se la compro a Claudio Cóppola, más conocido como ‘Lechón’. Lo llamaba previamente a su casa del barrio de Floresta y cuando llegaba a su casa ya tenía preparado el encargue. Pagaba cien pesos la bochita de cinco gramos”.

Cuando el secretario del juzgado quiso saber quién era el que le vendía la droga a Claudio Cóppola, el Morsa fue bien terminante: “Eso no se lo voy a decir”. Todos intuían ese nombre, pero nadie se animó a decirlo.

Guillote, por su parte, había asegurado desconocer a Claudio Cóppola y no podía desdecirse. Sin embargo, había una escucha telefónica que los tenía a ambos como protagonistas: “Guille, yo tengo que conseguir un kilo cuando llegue mi primo. Yo te puedo asegurar que si ven los billetes te pongo la pelota con botella de whisky de la mejor”, asegura Claudio Cóppola, mientras en su casa suena el timbre. Cuando regresa al teléfono le dice a Guillermo Cóppola: “Leo quiere merquita, dale, dale. Lujos y placeres conseguíme”. Guillote no duda: “Yo consigo, sí, no hay problema”.


Guillermo, el puntero

“(En el tema drogas) Cóppola es un puntero”, me asegura el Sub Comisario (RA) Luis Augusto Weckesser, mientras apunta su desconfiada mirada a las anotaciones que voy tomando en mi arquetípica libreta de periodista.

“Cóppola ha podido hacer crecer sus ‘negocios’ gracias a la asunción de Menem como Presidente”, insiste el ex jefe de la División Toxicomanía refiriéndose al comienzo de los años ‘90.

Weckesser posee el mérito de haber enfrentado cara a cara a Cóppola en más de una oportunidad, la mayoría de las veces en medios televisivos y es en ese ámbito donde aparenta moverse mejor.

En el año 1997, en el programa Hora Clave -conducido por Mariano Grondona- fue partícipe de un fuerte enfrentamiento contra Maradona y Cóppola en el marco de la causa que había llevado adelante el ex Juez Bernasconi. El subcomisario estaba en el piso del canal, mientras que sus interlocutores hablaban desde exteriores. El diálogo fue imperdible:

-Maradona: Mariano...

-Grondona: Sí, te escucho.

-Maradona: Sí, ehh, yo quisiera saber, yo qui… quisiera saber, por qué ahora sacan a Ramón Hernández, eeehh, por qué desapareció de un momento a otro Tinelli, por qué de un momento a otro desapareció Daniel Hadad. ¿Qué, qué, hubo arreglos.... hubo arreglos con Schlagell, o con, o con, o con Bernasconi?

- Grondona: Les agradezco mucho...

- Maradona: Acá hay algo, acá, acá hay cosas mucho graves. Acá hay arreglos que hicieron, que hicieron los que yo te nombré, y los arreglos que no quisimos hacer nosotros.

- Weckesser: Correcto. Yo digo otra cosa, el Sr. Cóppola, y el Sr. Maradona se creen dos carmelitas descalzas y no lo son. Cuando el Sr. Maradona tenía valija diplomática dada por el presidente Menem, tuvieron un problema grave de drogas en Nápoles y otro en Milano, después tuvieron un problema grave con una Path Finder famosa llena de droga...

- Maradona: ...pero...

- Weckesser: ...después tuvieron el problema del departamento, después tuvi...

- Maradona: ..pe, pe, ehh..

- Weckesser: ¡Cállese Maradona por favor que estoy hablando yo! Yo lo escuché a Ud. Y el Sr. este... Cóppola con un tema de...

- Maradona: No grités, ... no grités, no grités que no le podés gritar a nadie eh??

- Weckesser: Mire, tengo una carta documento que le mandé, todavía está la cédula abierta, se la... y le voy a hacer juicio por injurias, y le aseguro que la va a pasar muy mal, la tengo acá en la mano la carta... Y se lo estoy perdonando ¿Por qué? Por que pienso que a Ud. hay que darle crédito, Ud. quiere... la historia no es todos los días confesar que toma droga, y al otro día infringirla, es, es, confesarlo y cambiar... Ud. lo confesó 20 veces y lo violó 21....

- Grondona: Ya volvemos....

El rostro de Grondona estaba casi tan tenso como la propia situación y realmente se sentía arrepentido de haber puesto frente a frente a semejantes invitados. La situación se le había escapado de las manos y la tanda publicitaria era el escape más viable.

Weckesser, por su parte, sabía que nunca iba a volver al aire luego del corte: sus palabras habían sido demasiado fuertes y provocaron el consecuente malhumor que podía respirarse en el mismísimo piso del canal.


El protegido

Una noche de verano del año 1995, en la disco El Cielo, una brigada de la policía hizo encender todas las luces. La pista apareció llena de "papelitos" de droga y automáticamente un comisario miró a un hombre a los ojos. Desde hacía tiempo lo seguía y lo veía salir con Cris Miró en una cupé blanca. Ya conocía sus horarios y sus vicios.

Cóppola, vestido de negro, fue inmediatamente conducido al baño del boliche y revisado de arriba abajo en cuestión de segundos. Petti Peltenburg, uno de los socios de la disco, temblaba a su lado. Pero no cayó nada. Los agentes detuvieron a muchos consumidores, pero se fueron defraudados.

Casi un año antes, en 1994, un joyero que no quiso dar su nombre había denunciado en el programa Memoria, de Chiche Gelblung, que Cóppola inició a su hijo en las drogas.

Según su propio relato, Rubén P. entró a la oficina de Cóppola como una fiera. “Mi hijo es un adicto a las drogas por tu culpa”, increpó furioso mientras estampaba un cenicero en la frente de Guillote quien llegó a exclamar antes de caer herido: “que se joda por idiota”.

Era la primera escena de un calvario: a fines de los ‘80, una noche, en el boliche Bulldog, Cóppola le habría ofrecido cocaína a Horacio, el hijo de Rubén.

Horacio con el tiempo abandonó el trabajo, renegó de la familia e intentó vender las propiedades de su padre. Fue entonces que Rubén se decidió a ir a la televisión. “La policía de Vicente López lo ampara (a Cóppola). Son todos delincuentes”, aseguró en plena pantalla chica y a partir de esas afirmaciones se dieron inicio una serie de amenazas que perturbaron su vida: “me vinieron a buscar y me amenazaron de muerte. No pudimos dormir durante seis meses”, aseguró posteriormente. Hoy en día no quiere recordar nada de ese tiempo: “corre riesgo mi vida”, confiesa con dolor.

Mientras tanto, Cóppola sigue con sus oscuros negocios, en su imperturbable rutina diaria, al tiempo que Maradona -cual barato culebrón centroamericano- sólo se atreve a revelar los vericuetos de la historia contra su ex manager en oportunas dosis homeopáticas.

Eso sí... ocultando todo rastro que pudiera salpicarlo.

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