La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

La reforma educativa y el Jabón Rinso.

Por Gustavo Ernesto Demarchi.

Promediando el pasado siglo XX, tanto en EE.UU. como en diversos países de América Latina, el jabón en polvo más conocido, entre los destinados al lavado de la ropa sucia en los por entonces novedosos lavarropas automáticos, fue el Jabón Rinso, un producto que, como la mayonesa Hellman´s, la hojita de afeitar Gillette y el analgésico Geniol, se apoderó de un modo tan excluyente del mercado del ramo que los consumidores denominaban con la marca al producto mismo.

A medida que se fueron diversificando los deseos de la demanda, aparecieron competidores y estos productos paradigmáticos encontraron dificultades para mantenerse al tope del liderazgo de sus respectivos segmentos de consumo. Fue entonces, cuando los fabricantes del hasta entonces imbatible Jabón Rinso, encontraron la solución a la progresiva pérdida de protagonismo comercial que observaban en su famoso producto: lanzaron a la venta -y lo anunciaron con bombos y platillos- el NUEVO Rinso, jabón de lavar que -como bien lo denunció en su oportunidad el sociólogo Vance Packard- solo tenía de novedoso el vocablo "NUEVO" que aparecía en caracteres destacados en su ya tradicional envase de cartón de forma cuadrada.

Con la muy cacareada, por parte del ministerio de Educación y el Gobierno Nacional, "REFORMA EDUCATIVA" ha pasado algo parecido. De "reforma" sólo tiene la expresión con la cual se anunció el cambio; cambio que, apenas consiste en algunas vueltas y revueltas para que todo, absolutamente todo, siga como está, es decir, pésimo.

El ministro Filmus, émulo precoz del recordado Lampedusa, se encargó de proponer una reforma marketinera que anunció pomposamente en los medios, con el objetivo evidente de que nada de fondo se modifique realmente en este país que, en términos educativos, se desmorona día a día.

Además, no debería de sorprender que la NUEVA Ley de Educación siga el camino de la anterior, la Ley Federal de Educación, que fuera sancionada en los ahora demonizados años ´90 cuando, precisamente, Daniel Filmus se desempeñaba como asesor en el ministerio que una década después habría de encabezar.

Tratándose de un funcionario joven, es predecible que el actual ministro vuelva a participar de la próxima reforma, la cual podríamos suponer que habrá de encararse dentro de un lustro o algunos años más cuando la legislación que acaba de elaborarse fracase rotundamente, como es de imaginar.

Sin embargo, decir que nada ha cambiado con la nueva ley, lo que se dice nada de nada, es una exageración. En efecto, debemos reconocer que, según la mentada "reforma educativa" convertida en ley por el Congreso, será obligatoria la enseñanza secundaria; desaparecen los ciclos que habían constituido novedad en la anterior "reforma" noventista (es decir, ahora se reforma la anterior reforma que reformó antiguas reformas); y se adoctrinará a niños y jóvenes en el recitado de eslógans del tipo "nacional y popular", "las Malvinas son argentinas" y otras tantas ideas-fuerza que tanto han hecho por mantener al pueblo argentino alejado de los genuinos desafíos que debería encarar en forma perentoria.

Compendio de frases hechas, de retórica grandilocuente y de patrioterismo vacuo, orientado una vez más, a mantener vigente el aislamiento nacional que aqueja a los argentinos (y a los latinoamericanos) desde los tiempos de la Colonia.

Con respecto a la obligatoriedad de la enseñanza, que, en términos formales y teóricos, supone agregar tres años al ciclo lectivo, la pregunta que se impone es cómo habrá de garantizar el Estado su cumplimiento si hoy no está en condiciones de asegurar ni siquiera el mínimo minimorum de dictado y asistencia a clases.

No puede obligar al cuerpo docente a cumplir una cantidad básica de días de trabajo al año, y, ni mucho menos, evitar la gigantesca deserción escolar que va en sostenido aumento; a diferencia de otros países del orbe civilizado que se preparan estudiando para ser más competitivos en la era informática que transcurre contemporáneamente. Estado que, en su inveterado desquicio burocrático, funcional y financiero ni siquiera está en condiciones de garantizar que esté disponible una simple cajita con tizas cada día en cada aula de la Nación.

Debemos reconocer, de todos modos, un aspecto de la reforma que modifica las reglas de juego vigentes de manera significativa: la recentralización a nivel nacional de las instancias directivas de la enseñanza (la reforma anterior, siguiendo una tendencia mundial, las había provincializado y regionalizado), reposiciona favorablemente a los gremios docentes que, convertidos en la fuerza laboral más numerosa y homogénea del país, podrán organizar sus protestas en gran escala y, por ende, conseguir efectos devastadores a lo largo y a lo ancho de la República.

Es dudoso, sin embargo, que el potenciamiento del poder sindical signifique una mejora del nivel educativo; mas bien, sospechamos que ocurrirá todo lo contrario. Por ello, que los gremialistas del sector están satisfechos con la nueva ley y, en prueba de agradecimiento, rodearon al ministro cuando éste hizo el anuncio oficial ante los medios.

En definitiva, habrá que esperar la siguiente década en la que, seguramente, algún político iluminado proponga una NUEVA "Reforma Educativa" que derogue la que han incubado Filmus y la multitudinaria burocracia "reformista" que lo secunda. Mientras tanto, como lo resume el artículo que presentamos a continuación, otra generación de argentinos quedará fuera de la carrera entablada en el vertiginoso mundo de hoy en materia de formación educativa y de asimilación productiva de conocimientos, de experiencia en investigación y en aptitud para el desarrollo tecnológico.

Así, nuestro país, silenciosamente será cada día un poco más atrasado, un poco más inculto, un poco menos instruido y, por cierto que, muchísimo menos competitivo.

Como la mentira de la novedad del jabón que no fue tal, esta reforma educativa será la excusa de mañana para anunciar a continuación -nuevamente- una novísima reforma que será presentada de modo rimbombante para que todo siga igual. ¿El gatopardo? Bien, gracias.

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