La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

Siamo tutti nervosi, anch' il gatto.

Por Alejandro Borensztein.

Se podrá decir que están en juego cosas muy importantes. Puede ser. Pero en la escuela me enseñaron que hablando se entiende la gente. De todos modos, la libertad por sobre todo: quien quiera oír que oiga y quien quiera gritar que grite.

In questa casa siamo tutti nervosi, anch´ il gatto. Esto decía una pequeña cerámica que colgaba en un pasillo de mi casa, desde que yo era chico. No representaba literalmente lo que ocurría, pero debo reconocer que algo de nervio, siempre había. Tal vez, algo similar le ocurre al país. Siamo tutti nervosi. Colectiveros, taxistas, hinchas de Racing, estudiantes secundarios, piqueteros, mozos, vedettes... todos colaboran un poquito en la exitosa tarea de ponernos cada día más nerviosos.  

También, nuestros queridos dirigentes. Siempre a los gritos. Desaforados y sin escucharse. Basta con ver cualquiera de los programas políticos, para darse cuenta que todos hablan encima de todos y nadie escucha a nadie. Más que la discusión de un país, parece la pelea de un consorcio. Lo mismo vale para los actos políticos. Todos a los gritos. Moyano y Capitanich, en el estadio de Almagro, al lado del compañero Néstor (ahora, al lado del compañero Néstor, porque antes gritaban al lado del compañero Duhalde, ¿se acuerdan?). 

Buzzi a los gritos en Rosario. De Angeli ve una cámara y una pick up, se sube al techo y grita. (Ya lo deben estar llamando para la temporada 2009 de Bailando por un sueño). Ambos hablan con un inconfundible acento patrio. Aunque aquí cabe decir que, si bien yo no tengo campo, también soy la Patria, pero en fin... ese es otro tema).  

D’Elía, a quien difícilmente le otorguen el Premio Nobel de la Paz, grita a toda hora y por todos los canales en ese extraño tono, mezcla del cartonero Báez con Roberto Piazza. Moreno no grita, pero... mama mía!! (A éste tampoco creo que le vayan a dar el Nobel de la Paz).  

Cristina grita en Salta, grita en la Plaza, grita en el Salón Blanco y grita bilingüe: en castellano y en perfecto Evita. Miguens no grita, pero refunfuña con cara de "quién me mandó a meterme en este lío en lugar de estar caminando por el fairway del hoyo 9".  

El compañero Néstor también anda a los gritos en cada acto del PJ. No le sale hablar como el General, pero creo que le encantaría. Cada uno con su estilo, pero siempre gritando. Menos la Carrió, que siempre está tranquila, pausada, mansa... rechiflada en su tristeza, pero mansa al fin. 

Pero hay un denominador común: grito y nervio. Da ganas de gritar: oiga viejo, ¿por qué me grita? ¿Será porque creen que no escucho? ¿O que no entiendo? ¿Será parte de nuestro ser nacional? ¿Será que la política es así? 

Veamos cómo son las cosas en el resto del mundo: Obama, Clinton y McCain se mataron para reemplazar a Bush, otro que no creo que reciba el Nobel de la Paz, y que, a Dios gracias, ya se va. Los tipos se dijeron cualquier cosa. Pero nunca a los gritos.

Berlusconi grita un poco, pero bueno... los tanos son así. Se le perdona. Zapatero no grita. Merkel no grita, Sarkozy no grita, aunque tendría derecho a hacerlo, cada mañana, cuando se despierta y ve el caramelito que se está comiendo. 

¿Alguien se imagina a la Reina de Holanda gritando en un palco? ¿O a Kofi Annan?  

Se me dirá que el mundo desarrollado tiene guita, evolución y más guita. ¿Billetera mata gritón? Puede ser. Ok.  

Entonces miremos por el barrio: Bachelet no grita. Tabaré no grita. Lula no grita. De Chávez, quien renunció al Nobel de la Paz desde chiquito, se podrá decir cualquier cosa, pero tampoco grita. De hecho tiene un programa de TV, "Aló Presidente", que se parece mucho más a "Almorzando con Mirtha Legrand" que a cualquiera de nuestros griteríos locales. 

Entiendo que hayamos gritado mucho en el pasado. El General, los milicos locos libertadores, Frondizi, Onganía, Cámpora, Isabel, los milicos locos reorganizadores. Todos gritones profesionales. Incluidos Alfonsín y Menem. Pero ahora el tiempo ha pasado. ¿Hace falta seguir gritando? ¿Por qué no probamos de otra forma?  

Se podrá decir que están en juego cosas muy importantes. Puede ser. Pero en la escuela me enseñaron que hablando se entiende la gente. De todos modos, la libertad por sobre todo: quien quiera oír que oiga y quien quiera gritar que grite. 

Tal vez tengamos que poner un cartel gigante en la Richieri, a la salida de Ezeiza, que diga: In questo paese siamo tutti nervosi... anch´ il gato (en este país estamos todos nerviosos... hasta el gato). 

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