La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

Le estalla la bomba a la dictadura kirchnerista.

Por Nicolás Márquez.

La inflación es la emisión de moneda sin respaldo. Su consecuencia es el aumento generalizado de precios, por la sencilla razón de que el valor de la moneda se envilece y se necesita cada vez mayor cantidad de papeletas iguales para comprar el mismo bien de consumo. Es decir que la inflación refleja la disminución del poder adquisitivo de la moneda: una pérdida del valor real del medio interno de intercambio y unidad de medida de una economía.

Junto con Venezuela, Sudán del Sur y Bielorrusia, la Argentina kirchnerista lidera los ránkings más altos de inflación mundial. Sin embargo, los tres primeros países mencionados (más serios y confiables que la Argentina), al menos tienen el decoro de mostrar sus respectivos índices reales de inflación, en cambio, en el caso local, como se sabe, el régimen de Cristina Kirchner miente con las cifras inflacionarias de un modo morboso y escandaloso por medio del deslucido INDEC.

La Argentina viene padeciendo inflación de manera constante desde los años 40´, cuando promediaba la dictadura populista de Juan Perón. Desde entonces y excepción de tres períodos espaciados, nuestro país viene siendo víctima (y culpable) de este flagelo adictivo.

¿Cómo y por qué funciona el perverso mecanismo estatista de la inflación?

Supongamos que invitamos a una docena de amigos a una fiesta en casa, y en el afán de agasajarlos implementamos un alegre programa doméstico titulado “vino tinto para todos”. Pero resulta que mis modestos ingresos personales sólo me permiten comprar vino para abastecer a sólo tres comensales y no a doce. En vez de cancelar o achicar la fiesta, decido sin más llevarla a cabo, pero no la voy a financiar trabajando más horas para poder comprar más bebida o adquirir un préstamo a un tercero para tal fin, sino que apelo a un método facilista y artificial consistente en echarle agua al vino para abastecer a todos los invitados. ¿Resultado de este sortilegio?, pues el vino se va envileciendo, perdiendo sabor, diluyéndose sus propiedades y a la postre, sólo tendremos agua algo coloreada.

Este ejemplo de libro básico, nos sirve para explicar cómo maneja el kirchnerismo la economía local, siempre imprimiendo papelitos de manera indiscriminada en la pretensión de financiar el “paratodismo”, banquete en el que una porción enorme de la población recibe favores transitorios o regocijos volátiles sin dar contraprestación alguna, sin llevar a cabo el menor esfuerzo y virtualmente sin trabajar.

Este generoso “plan económico” (por llamar de algún modo a este conjunto de chapucerías populistas) en verdad lo heredó en el año 2003 Néstor Kirchner y éste lo “profundizó” apelando al concurso de personajes de sórdida reputación que obraron de Ministros de Economía, tales como la bolsera Felisa Michelli, el imprentero Amado Boudou y ahora dicen que hay un tal Hernán Lorenzino que hace la parodia, pero que en verdad dicha Cartera la maneja el vituperado turista Axel Kicillof.

El excelente contexto internacional del que goza la Argentina desde hace una década hizo que el país no sufriera en lo inmediato los desatinos de este infausto despilfarro estatista, pero ya las secuelas del derroche se están empezando a hacer notar de manera cada vez más dramática y pronunciada. Luego, el régimen intenta paliar el mal por ellos creado no rectificando el rumbo sino congelando precios, receta nada original que ya se aplicó en la Argentina repetidas veces con resultados siempre calamitosos.

Luego, para aminorar la inflación en serio, el kirchnerismo tendría que dejar de emitir moneda y con ello deponer la financiación de subsidios y entretenimientos pasajeros a su plebe. Esta medida sería razonable pero antipática, dado que le haría perder al kirchnerismo muchos clientes y en pleno año electivo dicha maniobra sería desde el punto de vista proselitista demasiado riesgosa. Ante esto, el régimen, como siempre, elije sacrificar la lógica por una especulación electoral y así proseguir repartiendo sonajeros para mantener amenizada a su muchedumbre mendicante y eventuales votantes.

Pero el problema no es tan sencillo para la banda que detenta el poder del Estado. Seguir emitiendo implica proseguir la política dadivosa pero a la vez significa castigar el poder adquisitivo de la gente. Y los sectores que menos posibilidades tienen de defenderse de la inflación son los de menores ingresos, que es precisamente el espectro social que la pandilla gubernamental pretende conservar o secuestrar electoralmente.

Congelar precios es un artificio de naturaleza efímera, algo así como intentar tapar la humedad de la pared no arreglando la pérdida de agua del caño que la ocasiona sino volviendo a pintar la pared procurando así que la infiltración se disimule por un rato. Pero para las elecciones faltan más de “un rato”: ocho meses. ¿Podrá disfrazarse la corrosión salarial que causa la inflación de aquí al mes de octubre?

Si el régimen achica el gasto se queda sin clientes, si lo mantiene pero disfraza la inflación congelando precios corre el riesgo de que la bomba estalle en sus manos antes de octubre y la suerte electoral del oficialismo quedaría del todo liquidada. ¿Qué encrucijada verdad?

El populismo empieza a quedar preso de su propia trampa y la dictadura kirchnerista comienza a advertir que el vino sabe demasiado aguado y que la fiesta deja de causar algarabía para dar paso a un creciente y evidente malestar. Pero ante ello el régimen prefiere seguir echando agua y entonces todo indica que la dictadura se irá convirtiendo poco a poco en un contradictorio populismo impopular.

La gran duda es si la mentada impopularidad que trae consigo el estallido de la bomba inflacionaria acontecerá antes o después de octubre…

Fuente: La Prensa Popular

Editoriales