La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas.

La “historia oficial” de los setenta.

Por Pacho O'donell.

La nutricia y reveladora conversación entre Jorge Lanata y Jorge Sigal, en el último suplemento El Observador, de PERFIL, puso en la superficie una necesaria polémica sobre la insistente reivindicación de la lucha armada de los setenta que lleva adelante el Gobierno Kirchner como uno de los ejes de su gestión.

Si bien es innegable el acierto de impedir el olvido de la atrocidades cometidas por la dictadura genocida que asoló nuestra patria entre 1976 y 1983, en estas líneas deseo resaltar un aspecto sesgado de dicha memoria: se enfoca con exclusividad sobre los integrantes de la guerrilla, en especial Montoneros, y en cambio deja de lado a quienes se opusieron a la ominosa dictadura del Proceso desde posiciones democráticas y progresistas sin acordar con tácticas y estrategias guerrilleras. Fueron, sin duda, la enorme mayoría de los desaparecidos y exiliados interiores y exteriores.

De lo que se trata, para los muchos montoneros integrados a la gestión actual ocupando posiciones de mucha relevancia –el mismo Presidente a veces actúa como si hubiera sido uno de ellos–, es transformar en heroísmo sin autocrítica (la teoría de “la juventud maravillosa”, como se señalaba en el diálogo) lo que debería ser la aceptación de que sus propuestas y acciones tuvieron una elevada dosis de trágico error.

“Me parece que no pueden enfrentarse a un espejo”, dijo Lanata. Porque la sangre derramada, además de que fue negociada en los encuentros entre Firmenich y Massera en España, no está claro que estuvo bien derramada por las frecuentemente desatinadas, a veces sospechosamente desatinadas, decisiones de sus dirigentes. Algunas, como la de la aberrante “contraofensiva”, tomadas desde cómodos exilios europeos.

Estos conceptos no desmerecen en absoluto la entrega de jóvenes idealistas que creyeron que la vía de la guerrilla urbana era la más adecuada para terminar con el totalitarismo e ingresar en la democracia, cuya memoria está garantizada por la maravillosa obra, también reconocida internacionalmente, de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.

Pero es hora ya de reconocer que la democracia no era el objetivo de la cúpula montonera, como se reveló cuando ya con Perón en el gobierno continuaron con su violenta apuesta a una sociedad totalitaria que pretendían socialista, una de las razones principales del debilitamiento y consiguiente caída del gobierno deficitario pero constitucional de la señora de Perón, envuelto en el caos de la violencia especular de la Triple A y de la “orga” revolucionaria.

La obstinada reivindicación de la lucha armada por parte del Gobierno nacional deja de lado, por ejemplo, a los dirigentes gremiales combativos, a los dirigentes estudiantiles y universitarios, a los profesionales e intelectuales progresistas que fueron eliminados y perseguidos con el pretexto de pertenecer a una “subversión” con la que no coincidían, pero que los generadores de esta nueva “historia oficial” pretenden englobar tendenciosamente, dando a entender que los treinta mil desparecidos eran guerrilleros y que a todos se los homenajea cuando se promueve un museo dedicado a la exaltación de la lucha armada como único adversario de la sangrienta dictadura.

Ello es funcional a los partidarios del Proceso empeñados en convencer de que se trató de una guerra entre dos ejércitos…

Nada oficial parece recordar explícitamente a quienes padecieron su inclusión en las denigrantes “listas negras” que impedían a artistas e intelectuales a desarrollar sus vocaciones y talentos. En el filme La vida de los otros, el dramaturgo expuesto a ese drama en la Alemania comunista termina suicidándose, símbolo de quienes debieron enfrentar la cruel castración, más que de su profesión, de su identidad .

Es justo el homenaje al gran escritor Rodolfo Walsh, quien fue un activo integrante de la guerrilla, pero su memoria no debería desmerecer la de Haroldo Conti, un escritor de méritos literarios semejantes, también desaparecido, pero que, quizás, paga con su opacidad el hecho de que, aunque militante del socialismo, no integró las filas armadas.

Tampoco se ha reconocido, y no me refiero a lo crematístico, a las decenas de miles de quienes debieron marchar al exilio, por persecución, por temor o por prudencia. Son muchos los que aún viven lejos, imposibilitados de regresar a una patria que no los llama, padeciendo el inevitable extrañamiento y melancolía, y a quienes debería reconocérsele una parte de la tragedia.

¿A quién sirve esta radicalización de la memoria? ¿A este exaltar la muerte como sinónimo de republicanismo democrático? Sirve a los ex partidarios de la lucha armada encaramados hoy en puestos de la política burguesa a la que antaño combatían, quienes de esa manera se convencen y tratan de convencer a los demás, en especial a los jóvenes post dictadura (y debemos reconocer que en gran medida lo han logrado), que ellos han sido protagonistas de una página de gloria en nuestra historia.

También esa radicalización de la memoria en los extremos de “asesinos” y “asesinados” disuelve las culpas de los muchos que colaboraron con la dictadura en posiciones más blandas pero necesarias: los que firmaron cesantías sin que les temblara la mano, los que censuraron libros y películas, los que escribieron listas de sospechosos, los que firmaron artículos que justificaban atrocidades. Sin hablar de los que se dedicaron a la especulación financiera o a los viajes del “deme dos” haciendo oídos sordos a los gemidos de los torturados.

Sigal dirá en la entrevista de marras: “Lo que quedó es el fracaso, el fracaso de un proyecto político (la guerrilla setentista) que fue frustrante. Y hay que hacerse cargo de esas frustraciones, la sociedad incluida”.

Conclusión: al homenaje a las víctimas de la represión del Proceso le falta la confesión de que la lucha armada fue un proyecto equivocado que arrasó con la vida de muchos jóvenes valientes y bien intencionados y que no permitió, durante años, el desarrollo de estrategias alternativas que fueron, a la postre, no la guerrilla, las que consiguieron derribar a la dictadura.

Le falta también el reconocimiento de que la inmensa mayoría de los desaparecidos y el grueso de la oposición a la dictadura no compartía las tesis ni la praxis de las organizaciones armadas; las que, con su accionar insensato, daban pretexto al genocidio de todos los que molestaban al Proceso bajo la calificación de “subversivos”.

Asimismo les falta un saludo a quienes no merecen el demérito por haber sobrevivido a la represión pero que la padecieron como censurados, exiliados o acorralados.

Es hora ya de comenzar a cuestionar, como lo hicieron Lanata y Sigal en la magnífica nota de PERFIL, esa nueva “historia oficial” hecha a la medida de algunos que así evitan la sinceridad de la autocrítica.

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